CONCLUSIONES

En las dos últimas décadas estamos asistiendo a un cambio vertiginoso en el campo de la salud. Dicho cambio no ha tenido lugar de un modo abrupto, más bien ha sido propiciado por un monto de factores que han sucedido a lo largo del siglo XX: en primer lugar, como ya hemos señalado, las principales causas de muerte ya no son las enfermedades infecciosas sino las que provienen de estilos de vida y conductas poco saludables. En segundo lugar, el incremento en los costes de los cuidados médicos ha dado lugar a que se busquen nuevas alternativas, en concreto, enseñar a la gente conductas saludables que puedan disminuir su riesgo de enfermar. En tercer lugar, la salud ya no se conceptualiza como la ausencia de enfermedad sino que se entiende la misma como un estado positivo, de bienestar (Stone, 1979). Y, en cuarto lugar, la utilidad del modelo médico tradicional ha sido cuestionada (Engel, 1977).

Conceptualizar la salud positivamente no fue una mera casualidad. Así, el hasta entonces todopoderoso modelo médico tradicional de enfermedad se tambaleó por más de tres factores: 1) el cambio en la prevalencia de enfermedades infecciosas a enfermedades crónicas; 2) el coste elevado de los cuidados de salud; y, 3) un mayor énfasis en la calidad de vida (Bishop, 1994). A raíz de esto muchos teóricos apoyaron la idea de que era necesario un nuevo modelo si se quería progresar en la comprensión y el control de la enfermedad (Brody, 1973; Engel, 1977; Janoski y Schwartz, 1985).

Actualmente, las enfermedades crónicas han reemplazado a las infecciosas como principales causas de muerte. Enfermedades como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, accidentes, suicidios, SIDA, etc., son el caballo de batalla y, por tanto, el gran reto para los profesionales de la salud.

El papel de la psicología de la salud en este contexto es claro (ej., Bishop; Brannon y Feist, 1992; Sarafino, 1994; Moscoso y Oblitas, 1994). Pues, la evidencia científica existente en cuanto al enorme impacto de los comportamientos, de los estilos de vida y de los hábitos en la salud, en la enfermedad y la muerte de la gente, es arrolladora. Los que tienen que hacer las políticas y estrategias sanitarias deben enfrentarse sin más dilación a este nuevo reto. Es cuestión de pragmatismo, la nueva realidad está ahí; los costes a los que se tienen que enfrentar los sistemas sanitarios, cada vez son más gigantescos y, por otro lado, la calidad de vida de la gente no va pareja a los mismos. Sirva a modo de ejemplo las siguientes cifras: en 1991 los americanos gastaron más de 738 billones de dólares en cuidados de salud y España, en 1990, 2,3 billones de pesetas (Becoña, Vázquez y Oblitas, 1995a).

Los modelos y la tecnología que está ofreciendo nuestro sistema sanitario eran adecuados para enfrentarse a los problemas que secularmente venían azotando a la especie humana (las enfermedades infecciosas). Pero en la actualidad ya no es útil. Es necesario incorporar aquellos modelos y tecnologías que han demostrado ser más eficaces en combatir las patologías característica de nuestros tiempos, que se debe fundamentalmente a los hábitos insalubres de la  gente; por tanto, el desafío debe ser el promocionar la buena salud, a través del cambio de conductas de riesgo, mantener las conductas saludables y prevenir la enfermedades.

La psicología o ciencia del comportamiento dispone de un bagaje conceptual y tecnológico apropiado para hacer frente a todas estas demandas de salud actuales de nuestra sociedad. Esta ciencia presenta la capacidad apropiada para analizar, explicar y comprender los comportamientos asociados a la salud e intervenir sobre ellos. No nos quedará más remedio que recurrir a ella como una disciplina básica, si pretendemos afrontar eficientemente los retos, que nos plantean en el campo de la salud, los nuevos patrones de morbimortalidad de mayor incidencia y prevalencia (Costa y López, 1986). El avance del modelo conductual ha sido innegable en las últimas décadas, convirtiéndose incluso en casi la alternativa de intervención psicológica en la década de los 60, al surgir las técnicas de modificación de conducta (Kazdin, 1983) y ser éstas aplicadas primero al campo de la salud mental y posteriormente al campo de la salud física y de la enfermedad. Como dice Prokop y et al. (1991) "el sistema de cuidado de salud está admirablemente equipado para extirpar un cáncer de pulmón pero está menos bien equipado para prevenir fumar cigarrillos o para ayudar a los fumadores a romper con su hábito" (p. 12).

Pero con una visión crítica, y a pesar de los conocimientos y tecnología que aporta la ciencia del comportamiento y la psicología de la salud sobre los estilos de vida y comportamientos inadecuados, ¿estamos consiguiendo el objetivo de mejorar los estilos de vida que incrementan los comportamientos saludables? La respuesta va a depender de cada país, de los distintos programas existentes, de la política sanitaria y del nivel de industrialización. Lo que si es cierto es que con la tecnología de que dispone en estos momentos la psicología es posible cambiar, y cambiar efectivamente, hábitos insalubres por conductas saludables. Otro tema bien distinto es que esta tecnología se implante en la extensión que debiera. El predominio del modelo médico, los intereses económicos en el campo de la salud, la necesidad de aplicar estos programas a toda la población, son algunos de los motivos que frenan la expansión aún mayor que la actual a distintos problemas. Lo que sí está claro es que más pronto o más tarde los programas desarrollados desde la psicología de la salud para promover estilos de vida adecuados, para prevenir y cambiar comportamientos inadecuados, causantes de la gran parte de la morbilidad y mortalidad de nuestra sociedad, se irán imponiendo por su racionalidad, eficacia y eficiencia. Cuanto antes los implantemos, mejor índice de salud tendremos todos.