COMPORTAMIENTO Y  SALUD

Que duda cabe, que el  factor más decisivo en ese nuevo enfoque en el campo de la salud, ha sido el que las principales causas de muerte ya no son las enfermedades infecciosas sino las que provienen de estilos de vida y conductas poco saludables. Hoy casi ningún profesional de la salud duda del impacto de nuestra conducta diaria en la salud y en la enfermedad. En la actualidad hay evidencia más que considerable de que las causas de la enfermedad radican en la conducta y el estilo de vida del individuo (ver Matarazzo, Weiss, Herd, Miller y Weiss, 1984; Oblitas, 2000, 2003, 2004, 2004a). La salud de la gente en los países desarrollados ha alcanzado un nivel impensable a principios del presente siglo. Las expectativas de vida se han incrementado notablemente, como consecuencia de las mejoras en la salud pública y en el cuidado médico. Sirva a modo de ejemplo que en EE.UU. la esperanza de vida a principios del siglo XX para los hombres era de 46 años y para las mujeres de 48, siendo en la actualidad de 71 años y 78, respectivamente (National Center for Health Statistics, 1989). Este incremento de la longevidad se explica por la reducción en la mortalidad infantil y las enfermedades infecciosas, contribuyendo a ello fundamentalmente los programas de inmunización (Lancaster, 1990; Matarazzo, 1984b). El ejemplo paradigmático por excelencia son las enfermedades infecciosas tales como la gripe, rubeola, la tos ferina, etc., que causadas por microorganismo específicos fueron erradicadas a través de las vacunas y de cuidados médicos adecuados.

Sin embargo, en la actualidad los patrones de morbilidad y mortalidad difieren considerablemente de los de comienzo del siglo XX. En 1900, la neumonía, la gripe y la tuberculosis eran tres de las cuatro principales causas de muerte. Sin embargo, en 1988, las tres principales causas de muerte fueron la enfermedad coronaria, los ataques fulminantes, y el cáncer (Matarazzo, 1995); dolencias que se deben en parte a la conducta y estilo de vida del sujeto. Por ejemplo, en EE.UU., a principios de 1990, aproximadamente el 38% de las muertes eran debidas a la enfermedad coronaria y el 7% a los ataques, esto es, el 45% de las muertes eran debidas a enfermedades cardiovasculares. El cáncer daba cuenta del 22,5% de todas las muertes, y los accidentes del 4,5% (USBC, 1990). O lo que es lo mismo, más del 70% de todas las muertes son consecuencia de las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, los accidentes y el SIDA, enfermedades estrechamente vinculadas a las conductas y estilos de vida de los individuos.

Aunque las tasas de mortalidad de algunas enfermedades crónicas han disminuido en las últimas décadas (ej., enfermedades cardiovasculares), no ocurre lo mismo con otras tales como el cáncer de pulmón, los suicidios y el SIDA. Entre los hombres, la tasa de mortalidad para el cáncer de pulmón en 1986 era 2,6 veces mayor que en 1950. Las tasas de suicidio se incrementaron un promedio del 30%-40% con respecto a 1950 (López, 1990). El problema del SIDA es si cabe más preocupante. A raíz de la aparición de los primeros casos en 1981, no ha dejado de incrementarse de modo alarmante el número de nuevos casos. A mediados de 1992, se estimaban que unos 2 millones de personas padecían este problema, de los cuales más de 230.000 estaban en EE.UU. (Centers for Disease Control, 1992).

Hasta ahora hemos estado defendiendo de modo subrepticio, que el aspecto cualitativo "crónico" de una dolencia necesita un enfoque nuevo, pero, ¿realmente existen diferencias tan notorias entre una dolencia crónica y una infecciosa? Pues bien, las enfermedades crónicas difieren de las dolencias infecciosas al menos en tres aspectos (Brannon y Feist, 1992). En primer lugar, las enfermedades crónicas es probable que perduren mucho tiempo, mientras que las infecciosas, con frecuencia, se pueden curar con relativa rapidez y totalmente. En segundo lugar, las enfermedades crónicas obedecen en la mayoría de los casos a conductas y estilos de vida inadecuados de la gente, y las infecciosas, son causadas por bacterias y virus. Por eso, las vacunaciones, las mejoras sanitarias y otras medidas públicas fueron efectivas para combatir las principales causas de mortandad de comienzos de siglo, pero dichas medidas son de escaso valor para afrontar los patrones de enfermedad y mortalidad actuales. Y, en tercer lugar, las enfermedades crónicas se dan con mayor frecuencia en la gente mayor y de mediana edad; por el contrario, los niños y la gente joven suelen ser pasto de las enfermedades infecciosas.

Parece obvio, por tanto, que la problemática a la que se enfrentan nuestros profesionales de la salud es cuantitativa y cualitativamente distinta a la que se encontraron hasta la década de los años 50.