SALUD, ENFERMEDAD, ESTILOS DE VIDA Y ENTORNO DEL INDIVIDUO

En la actualidad, como ya hemos comentado, estamos asistiendo a un cambio en los patrones de mortalidad en las sociedades desarrolladas. Las enfermedades infecciosas han cedido su protagonismo, respecto a la morbilidad y mortalidad, a las crónicas y a las suscitadas por comportamientos inadecuados. Cada vez es mayor la evidencia del peso que ejerce nuestra conducta, nuestros estados psicológicos y el contexto en el que vivimos sobre nuestra salud. La salud de los individuos depende en gran medida de comportamientos tales como realizar hábitos saludables, buscar cuidados médicos, obedecer las recomendaciones de los médicos, etc. (cfr. Matarazzo, Weiss, Herd, Miller y Weiss, 1984; Oblitas, 2000, 2003, 2004, 2004a). Un buen ejemplo de ello es la conducta de fumar, a la que se le atribuye de un 12% a un 15% del total de todas las muertes que ocurren en los países desarrollados. A ello hay que añadirle la morbilidad que genera dicha conducta (Center for Disease Control, 1991; Peto, López, Boreham et. al., 1994; USDHHS., 1989).

Así mismo, numerosas investigaciones han puesto de manifiesto que los estados psicológicos desempeñan un papel destacado en nuestra salud. Los sentimientos y emociones pueden repercutir de modo positivo o negativo en el bienestar del individuo. Por ejemplo, el sentirnos amados y apoyados por otras personas adquiere un enorme valor cuando tenemos que afrontar situaciones estresantes (cfr. Wallston, Alagna, DeVellis y DeVellis, 1983). Precisamente el estrés es el estado psicológico que más influye negativamente sobre nuestra salud. Se ha asociado a una gran variedad de efectos negativos sobre la salud de los individuos (ej., cáncer, enfermedad cardíaca coronaria, supresión del sistema autoinmune) (Cohen y Williamson, 1991; Labrador, 1992).

Como ya hemos comentado, hay pruebas más que palpables de un cambio en los patrones de mortalidad, en las sociedades avanzadas. Las enfermedades crónicas (ej., cáncer, SIDA, diabetes) han sustituido a las enfermedades infecciosas como causas principales de muerte. La peculiaridad de tales enfermedades es que se encuentran asociadas estrechamente a la conducta humana y al estilo de vida de los sujetos. De ahí que en la actualidad sea más adecuado hablar de patógenos y de inmunógenos conductuales. Por patógenos conductuales entendemos aquellas conductas que incrementan el riesgo de un individuo a enfermar (ej., fumar, beber alcohol). Por contra, los inmunógenos conductuales son todos aquellos comportamientos que hacen a uno menos susceptible a la enfermedad (Matarazzo, 1984a; 1984b). De hecho se han realizado varias investigaciones para apresar los inmunógenos conductuales más importantes. El estudio más relevante en este aspecto ha sido el que se ha llevado a cabo en Estados Unidos, con una muestra de siete mil personas. En los seguimientos hechos a los cinco y nueve años y medio, se observó una clara relación entre la longevidad y las siguientes siete conductas de salud: (Belloc, 1973; Belloc y Breslow, 1972): 1) dormir de 7 a 8 horas; 2) desayunar casi todos los días; 3) tres comidas al día, sin picar entre comidas; 4) mantener el peso corporal dentro de los límites normales; 5) practicar ejercicio físico regularmente; 6) uso moderado del alcohol o no beberlo; y, 7) no fumar.

Las acciones de toda una colectividad, la sociedad, también influyen sobre nuestra salud. En nuestro entorno podemos encontrarnos con riesgos ambientales tales como la contaminación del aire, agua y suelo, o sustancias tóxicas (insecticidas y productos químicos peligrosos) y radiaciones naturales o provocadas (Doll y Peto, 1989). Estos elementos también encierran un potencial para matar, hacer daño y enfermar a los individuos. Por tanto, ejercen influencias significativas sobre la salud de un amplio colectivo, de comunidades enteras.

Todo lo anterior ha desembocado en una idea hoy bien asumida de la necesidad de hacer prevención (prevención primaria) (Caplan, 1964), la cual consiste en adoptar medidas para prevenir  la enfermedad en aquellas personas que actualmente gozan de buena salud. La prevención primaria implica dos estrategias (Fielding, 1978): 1) cambiar los hábitos negativos de salud de los sujetos (ej., fumar, beber, dieta) (cfr. Becoña, 1994a, 1994b; Oblitas, 1989), y 2) prevenir los hábitos inadecuados desarrollando en primer lugar hábitos positivos y animando a la gente a adoptar los mismos (ej., programas de prevención de fumar entre los adolescentes) (Becoña, Palomares y García, 1994).

Posiblemente la filosofía tradicional de la salud, que enfatiza el diagnóstico, el tratamiento y la cura, fuese lo más adecuado para las enfermedades infecciosas presentes a principios del siglo XX. Sin embargo, en la actualidad, adoptar una perspectiva focalizada en el tratamiento de la gente, una vez que hayan enfermado, es probablemente la menos adecuada en cuanto a la relación coste-eficacia en el cuidado de la salud. Procedimientos médicos tales como los trasplantes, la hemodiálisis, la cirugía, etc., suponen un gasto excesivo si atendemos al hecho de que sólo se utilizan con una proporción de población relativamente reducida (O'Neill, 1983). Estos gastos ingentes que acarrean los costes médicos debería ser un factor más que ayudara a la reflexión y al cambio a un enfoque preventivo, esto es, orientar los esfuerzos a la detección temprana de la enfermedad y a  la  modificación  de  conductas  y  estilos  de vida que supongan un riesgo para el

Tabla 1. Comportamientos más aconsejables para una vida saludable.

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                        1.  Dormir siete u ocho horas cada día.

                        2.  Desayunar cada mañana.

                        3.  Nunca o rara vez comer entre comidas.

                        4.  Aproximarse al peso conveniente en función de la talla.

                        5.  No fumar.

                        6. Usar moderadamente el alcohol u optar por un comportamiento abstemio.

                        7.  Realizar con regularidad alguna actividad física.

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                 Fuente: Matarazzo (1984)

sujeto. Hay evidencia más que suficiente de que es más fácil y menos costoso ayudar a que una persona se mantenga saludable, que si hay que curarla de una enfermedad (Bermúdez, 1993). La detección temprana de factores de riesgo (ej., presión sanguínea elevada, nivel alto de colesterol), junto con la promoción de conductas de salud (ej., no fumar, una buena nutrición, hacer ejercicio) optimiza la prevención, sin lugar a dudas, la aproximación con una relación coste-beneficio más adecuada en el cuidado de la salud.