DETERMINANTES DE LAS CONDUCTAS DE SALUD

Las conductas de salud son conductas en las que toma parte un individuo, cuando goza de buena salud, con el propósito de prevenir la enfermedad (Oblitas, 2000, 2003, 2004, 2004a;Kasl y Cobb, 1966).  Estas incluyen un amplio abanico de conductas, desde dejar de fumar, perder peso, hacer ejercicio hasta comer adecuadamente. El concepto de conducta de salud contempla esfuerzos en reducir los patógenos conductuales y practicar las conductas que actúan como inmunógenos conductuales.

Las conductas de salud no ocurren en un vacío. Para comprender las mismas uno debe analizar los contextos en que tienen lugar. Estos contextos comprenden una constelación de factores personales, interpersonales, ambientales, institucionales, que incluyen aspectos como política pública, ambiente físico y social, prácticas institucionales e influencias interpersonales (Winett, King y Atman, 1989). Estas dimensiones o factores no son homogéneos para todas las conductas de salud. Por ello, no es raro observar que en el repertorio de conducta de un individuo convivan al mismo tiempo hábitos saludables y nocivos. De hecho, en investigación se han obtenido pobres correlaciones entre las distintas conductas de salud, o lo que es lo mismo, el que un sujeto realice una determinada conducta de salud no garantiza que lleve a cabo otros comportamientos saludables (Kirscht, 1983). Por tanto, parece más que justificado pensar que este tipo de comportamientos difieren en el número de dimensiones y tipo de factores que las elicitan, aunque puedan compartir unas características específicas o determinantes. Estos determinantes de la conducta de salud se pueden agrupar en cuatro grandes categorías (Bishop, 1994): determinantes demográficos y sociales, situacionales, percepción del síntoma y psicológicos.

La mayoría de los expertos están de acuerdo en que la implicación con la salud (ej., Kirscht, 1983) viene propiciada en gran parte por factores sociales y demográficos. Incluyen factores tales como más o menos edad, mayor o  menor nivel educacional, ser de clase social alta o baja, ser mujer u hombre, etc. Las situaciones sociales, también conocidas como determinantes situacionales, influyen, de modo directo o indirectamente, en que un individuo adopte una conducta saludable. Que duda cabe, que la familia y el grupo de los iguales pueden jugar un papel relevante en los hábitos saludables que pueda adoptar una persona. Por ejemplo, el que fume uno de los padres ha sido encontrado en numerosos estudios como factor de riesgo para que el adolescente se inicie en dicha conducta. Así mismo, la mayoría de los estudios han demostrado una clara relación entre el inicio del consumo y el relacionarse con compañeros fumadores (ver USDHHS, 1994).

Las conductas de salud que realiza una persona también pueden obedecer a la percepción subjetiva de determinados síntomas, esto es, la susceptibilidad percibida. Entendemos por ello, las percepciones individuales de la vulnerabilidad personal a enfermedades o accidentes específicos. La naturaleza (percepción de susceptibilidad) y la intensidad (severidad percibida) de estas percepciones puede afectar de manera importante a la hora de adoptar o no una conducta concreta. No obstante, cuando un individuo piense en la posibilidad de un cambio de conducta, no valorará sólo la susceptibilidad y la severidad, también evaluará los beneficios y los costes de realizar una conducta de salud concreta (Becker y Maiman, 1975). Por ejemplo, una persona puede sentirse vulnerable, cuando experimenta una tos matutina, se fatiga al subir unas escaleras, etc. Supongamos que estos síntomas los achaca a su conducta de fumar, pues bien, la persona puede pensar que dicha conducta está comprometiendo su salud y, además, cree que le acarreará consecuencias negativas importantes para su salud, por tanto, la percibe como un riesgo serio potencial (como un indicador) de sus problemas físicos. Y, a la inversa, es poco probable que el sujeto adopte alguna medida cuando sopese que la probabilidad de dañar su salud (ej., cáncer de pulmón) es baja o que las consecuencias adversas, derivadas de su actual hábito insalubre, son mínimas, además de percibir pocos beneficios y un coste (ej., engordar) demasiado grande por dejarlo. Esta atribución puede ser útil para que la persona intente dejar de fumar. Ahora bien, aunque tales síntomas pueden ser muy útiles a la hora de motivar al sujeto para que adopte hábitos positivos de salud, su influencia sólo reviste carácter transitorio (Leventhal, Prochaska y Hirschman, 1985).

Por último, el repertorio de conductas saludables de una persona también son función de factores emocionales y cognitivos (determinantes psicológicos). Los estados y necesidades emocionales pueden desempeñar un papel primordial en las prácticas de salud. Niveles altos de distrés emocional no ayudan a que la gente se implique en la realización de hábitos que favorezcan su salud tales como el no fumar, hacer ejercicio, desayunar, etc. (Leventhal et al., 1985). Los estados emocionales negativos aparentemente interfieren con las conductas saludables, aunque el distrés emocional puede también conducir a uno a buscar atención médica (Cfr. Mechanic, 1978)

Además de los factores emocionales, la práctica de conductas de salud obedece a los pensamientos y las creencias de las personas. Entendemos por creencia la aceptación emocional de una afirmación, aceptación que no tiene porque tener una base empírica o científica. Por tanto, lo que una persona crea o piense de una determinada amenaza para la salud no tiene porque ir a la par con la comprensión médica objetiva de la misma (Leventhal, Nerenz y Steele, 1984). Por ejemplo, si una persona cree que el SIDA sólo afecta a los homosexuales y a los usuarios de drogas por vía intravenosa, es poco probable que utilice preservativos cuando tenga relaciones sexuales.

Una clase de cogniciones, que parece ser particularmente importante para motivar a la gente a practicar conductas saludables, son aquellas que se relacionan con la vulnerabilidad percibida. La gente que se percibe a sí misma más vulnerable a una determinada enfermedad es más probable que adopten medidas encaminadas a prevenir la misma. Sin embargo, en algunos estudios (ej., Weinstein, 1982) se ha encontrado que la gente tiende a mostrar un optimismo poco realista respeto a su futura salud. Tendemos a vernos con menos posibilidades de experimentar problemas de salud respecto a los demás.