ACTITUDES, CREENCIAS Y SALUD
Las creencias, actitudes y otras variables son motivadores importantes del comportamiento, una vez que la persona las ha adquirido. Las personas con el paso del tiempo van presentando comportamientos diferentes, sin embargo, algunas de esas creencias y actitudes parecen permanecer iguales durante años y, a la postre, proporcionan coherencia y predictibilidad a muchos de esas conductas. Estos términos se han utilizado de modo profuso, tan libremente y con la cualidad de real, que algunas veces puede que hayamos olvidado que son entidades abstractas, muy difíciles de apresar y que no pueden observarse directamente, aunque sí inferirse. De hecho, las dos grandes dificultades que nos encontramos cuando nos referimos a estos constructos son: 1) el problema conceptual de la definición y 2) el problema de operativizarlos o medirlos (Greene y Simons-Morton, 1988).
Cada una de estas variables tiene unas características definitorias, aunque algunas de ellas tienen cualidades en común, provocando ello confusión entre los profesionales de la salud, que usan muchas veces términos sinónimos para referirse a entidades de naturaleza totalmente distinta. Por ello, debemos hacer un esfuerzo por definir y aclarar la naturaleza de éstas, en nuestro caso, las creencias y las actitudes, pues ambas intervienen en las conductas de salud de los individuos.
Green et al. (1980) definieron una creencia como: "Una convicción de que el fenómeno u objeto es real o verdadero: la fe, confianza y verdad son palabras que se usan para expresar o significar creencia. Las declaraciones de creencias orientadas hacia la salud incluyen declaraciones como: "yo no creo que los medicamentos funcionen”; “si esta dieta no le surte efecto, estoy seguro de que no funcionará conmigo"; "el ejercicio no hará diferencia alguna"; "cuando te llega tu hora, te llegó y no hay nada que hacer al respecto" (p. 72). Esto es, una creencia es algo que se acepta como verdad, sin tomar en consideración si en realidad es o no verdad en términos objetivos.
Las creencias tienen al menos tres características que las definen como tales (Greene y Simons-Morton, 1988). Primero, otras personas pueden clasificarlas de falsas o verdaderas, al margen del valor de certeza que le otorga el que las posee. Por ejemplo, una persona puede manifestar que la marihuana es inocuo para la salud, pero para la mayoría de los profesionales de la salud sería totalmente erróneo. Segundo, las creencias tienen un elemento cognoscitivo, o lo que la persona sabe o cree saber al respecto. Tercero, las creencias tienen un componente afectivo, que hace referencia al valor o grado de importancia que tiene una determinada creencia para un individuo en una situación dada (grado de importancia de la creencia particular a lo apropiada que le parezca un individuo -la intensidad de una creencia-). Por ejemplo, alguien puede tener un dolor de garganta y creer que se cura más rápidamente con antibióticos, sin embargo, es posible que piense que no vale la pena interrumpir su trabajo para ir al médico, pero cuando le sucede lo mismo a su hijo su comportamiento cambia radicalmente, no dudando un instante de si va al médico o no. De hecho, algunos autores (ej., Rokeach, 1970) sugieren que las creencias de una persona se estructuran de modo ordenado según su importancia relativa.
Una de las definiciones que se propusieron para definir una actitud es la de: "una organización de creencias relativamente perdurable sobre un objeto o situación que nos predispone a responder de alguna manera preferencial" (Rokeach, 1966, p. 529). De acuerdo con este planteamiento, las actitudes consisten en una serie de creencias que interactúan con otras, predisponiéndonos a actuar o responder a alguna situación de manera predecible.
Nadie niega la dificultad de modificar las creencias que explican los comportamientos de salud y, por supuesto, las actitudes, pero el panorama actual es bien distinto al de otros momentos. Hace un siglo, la gente enfermaba a causa de la carencia de agua potable, alimentos contaminados o el contacto con otras gentes enfermas. Una vez que ellos enfermaban, basaban sus expectativas de curación en los cuidados médicos. La duración de la mayoría de las enfermedades era más bien corta (ej., neumonía, difteria); una persona moría o se curaba en cuestión de semanas. La gente sentía una responsabilidad muy limitada de cara a contraer una enfermedad porque creían que las bacterias y los virus que causaban la mayoría de las enfermedades era imposible evitarlos. Sin embargo, durante las últimas décadas del siglo XX, tal punto de vista ha quedado obsoleto (Brannon y Feist, 1992).
Ahora bien, todavía se puede apreciar que mucha gente mantiene una actitud pasiva hacia su salud y enfermedad. Como consecuencia de ello, esos individuos presentan sobrepeso, fuman, abusan del alcohol, no hacen ejercicio con regularidad y evitan los chequeos (reconocimientos médicos). Acuden única y exclusivamente al médico cuando se sienten enfermos, depositando todas sus esperanzas de curación en manos de la medicina moderna, que les curará en cuestión de horas. No obstante, se aprecia que cada vez son más las personas que adoptan una actitud activa respecto a su salud, reflejándose ello en la práctica de estilos de vida saludables. Ellos se implican activa y responsablemente con estilos de vida que mejoraran o mantiene su salud. Han hecho cambios relacionados con su salud que se traducirán en una reducción del riesgo de morir, un incremento en la expectativa de vida y una adecuada calidad de vida. Por ejemplo, desde 1965 a 1987, más de 30 millones de personas han dejado de fumar en EE.UU. (Fiore, Novotny, Pierce et al., 1989).
Si bien los profesionales de la salud deben poner gran interés para facilitar el cambio a comportamientos de salud concretos a largo plazo, no deben olvidar las creencias y actitudes que explican los comportamientos de salud, así como otro tipo de variables internas, que radican en la persona y que también han sido adquiridas mediante el aprendizaje, que muchas veces, se debe anteponer su cambio a los comportamientos meramente observables, para que finalmente se produzcan los mismos. El modelo de la salud basado en creencias (Becker y Maiman, 1975) propone cuatro categorías de creencias (seriedad percibida, susceptibilidad percibida, beneficios percibidos y barreras percibidas) que deben ser el eje de la prevención y promoción de comportamientos de salud.