¿QUÉ DEBEMOS HACER PARA PROMOVER ESTILOS DE VIDA SALUDABLES?
Hoy es claro que la gente enferma fundamentalmente por lo que hace. La conducta se ha ido convirtiendo poco a poco en el elemento explicativo de la salud y de la enfermedad. Poco a poco se ha cambiado de las enfermedades infecciosas a las enfermedades de la civilización, a las enfermedades causadas por los comportamientos inadecuados. Esto lo sabemos, pero subyace una cuestión fundamental, ¿qué podemos hacer? Este es el gran reto de la psicología en general y de la psicología de la salud en particular (Becoña, Vázquez y Oblitas, 1995b).
Sabemos, como ya hemos expuesto repetidamente, aquellas conductas en las que las personas tienen mayor riesgo de enfermedad y muerte. El conocimiento es importante, pero no es suficiente con sólo el mismo para la producción del cambio de conducta. De ahí que la psicología y las técnicas de intervención psicológicas efectivas para el cambio de conducta tienen aquí un papel esencial que jugar. Esto lo analizamos a continuación.
El reto esencial que tiene la psicología en el campo de la salud es demostrar repetidamente y de modo claro que puede producir cambios de conducta y con ello reducir la morbilidad y mortalidad de las enfermedades más importantes de los países desarrollados. En un modelo médico imperante y predominante es necesario demostrar esto claramente. En aquellos países donde esto ha ocurrido o está ocurriendo el peso e importancia de la psicología de la salud es hoy claro (ej., Matarazzo, 1995).
¿Cuál es nuestra tecnología para el cambio de conducta? Para una explicación comprensiva podemos dividir en dos grandes bloques esta tecnología, uno dedicado al cambio de actitudes y creencias para la promoción de una salud adecuada y, el otro, la utilización de la tecnología conductual para promocionar hábitos de salud adecuados. En lo que atañe a la tecnología para el cambio de actitudes y creencias, la psicología social desde sus orígenes ha prestado un papel destacado a cómo podemos cambiar las actitudes y creencias de las personas, entendiendo que éstas son el preludio de las posteriores conductas que se van a poner en práctica, tanto en un sentido positivo como negativo para su salud (Ajzen y Fishbein, 1980; Becoña, 1986).
De modo más importante, toda la psicología conductual, la terapia de conducta y casi toda la psicología clínica tiene como objetivo básico producir cambios de conducta, bien sean de tipo interno como externo. Para ello las técnicas derivadas del condicionamiento clásico, operante y vicario (cfr. Caballo, 1991; Labrador, Cruzado y Muñoz, 1993), conocidas como técnicas conductuales o cognitivo-conductuales (Becoña, en prensa). Junto a las técnicas de intervención comportamental la evaluación conductual nos proporciona un modo adecuado, empírico y explicativo de las relaciones antecedentes y consecuentes que se relacionan con la conducta, lo que tiene una gran utilidad para la posterior intervención terapéutica tanto de tipo clínica como en el campo de la salud (ej., Buceta y Bueno, 1995; Méndez, Maciá y Olivares, 1993).
Como una ejemplificación entre las muchas posibles, Buceta, Gutiérrez, Castejón y Bueno (1995) presentan qué intervención psicológica se puede aplicar a un comportamiento sedentario. Como hemos expuesto con anterioridad, la falta de ejercicio físico o el comportamiento sedentario es un claro factor de riesgo para la enfermedad cardíaca coronaria. En el programa propuesto, después de la evaluación comportamental inicial, la aplicación de las distintas estrategias psicológicas incluiría: aportación de información y ajuste de expectativas; utilización de instrumentos para la toma de decisiones; planteamiento de objetivos; selección de la actividad y elaboración de un plan de ejercicio físico; control de circunstancias antecedentes y conductas interferentes; control de contingencias; feedback de la ejecución y de sus efectos; autocontrol de la actividad; control del cansancio y del dolor; desarrollo de la cohesión del grupo; y, trabajo conjunto con el monitor deportivo. Como se aprecia, un programa de este tipo exige el ajuste adecuado de expectativas, objetivos claramente definidos, el manejo adecuado del refuerzo, el incremento del sentimiento de autoeficacia y el incremento del autocontrol sobre la conducta.
Lo que subyace al programa anterior, como a otros muchos que podríamos citar y describir, es que la información para la persona no es suficiente, que su deseo de hacer un cambio en su conducta tampoco suele ser suficiente, sobre todo cuando tiene que pasar de una situación agradable (conducta sedentaria en el caso anterior) a otra desagradable (agujetas, al principio; mejora en la salud a largo plazo). De ahí, que sólo es posible hacer el cambio de conducta partiendo de los conocimientos que proporciona la psicología, la ciencia que estudia el comportamiento, para conseguir efectivamente los cambios adecuados para la mejora de la salud.